Un relato familiar por la isla de Córcega

Calle Charles Tomasini en Propriano, Córcega.

Nota publicada originalmente
en El Universal.

CUANDO ERA NIÑO, prácticamente cada fin de semana mi papá repetía la historia de que el apellido de la familia sonaba como si fuera italiano, pero en realidad provenía de una isla mediterránea que es territorio francés: Córcega.

Eran los inicios de los 80 y él acababa de viajar a esta isla por la que han pasado durante varios siglos tanto etruscos, como romanos, griegos, genoveses, turcos, italianos y franceses, pero siempre conservando un espíritu independentista que le da a sus habitantes un espíritu combativo y singular. Mi casa se llenó de cuadros, ceniceros, copas y libros referentes a Napoleón y Córcega, además de una docena de fotos de lugares que mi hermana y yo durante años quisimos conocer. En especial, había una fotografía en donde mi padre aparecía junto a una señal de tránsito que tenía el nombre de una calle llamada “Charles Tomasini”.

Casi 40 años después, mi hermana y yo pudimos viajar a Córcega, por lo que arribamos a la capital, Ajaccio, en la costa occidental –y cuyo principal atractivo es que se trata de la ciudad natal de Napoleón Bonaporte– con el fin de ver con nuestros propios ojos esos lugares de las viejas fotografías familiares.

Recorriendo Ajaccio

El recorrido inició muy temprano con una visita a la plaza Foch, situada en la costa este de la isla y a unos metros del mar Mediterráneo, es hoy el corazón del centro histórico de Ajaccio y durante muchos años fue la puerta de acceso a la ciudad.

Está rodeada de palmeras y tiendas de souvenirs, mientras que en su parte principal se ubica una gran fuente con una estatua de mármol que representa a Napoleón vistiendo una toga romana rodeado de cuatro leones que lo protegen. Ese fue el primer lugar de las fotos de mi padre que pudimos ver en persona, por lo que es como si aquí hubiera empezado nuestro viaje.

En esta plaza se instala un mercado en el que se venden decenas de productos frescos y variados de la suculenta gastronomía corsa –como salchichas, salchichones, lomos, canistrelli (galletas tradicionales corsas), frutos secos, turrones, mermeladas y miel–. Charlamos (en una mezcla de francés, inglés y español) con los vendedores que ofrecen muestras de sus productos. Para desayunar, probamos los migliaccioli, que son una especie de pequeños panqueques elaborados con queso fresco de oveja, muy tradicionales de Córcega, los cuales nos comimos en la plaza acompañados de un café que se puede comprar en alguno de los restaurantes que también hay en la zona.

La ciudad natal de Napoleón

Después, en un tour a pie, recorrimos las coloridas calles del casco antiguo de Ajaccio y los muros de La Ciudadela, un fuerte exagonal construido en un sitio estratégico a la orilla del mar con el fin de proteger a la ciudad de los ataques enemigos. De ahí nos llevaron a la catedral, una iglesia del siglo XVI donde fue bautizado Napoleón.

El recorrido culminó en el Museo Bonaparte, localizado en lo que fuera la casa de la familia de Napoleón y donde vivió sus primeros nueve años después su nacimiento –el 15 de agosto de 1769–. Aquí hay mobiliario, utensilios y objetos de época, así como exposiciones temporales que acercan al visitante a la historia de este importante personaje de la historia universal.

Playa, comida y compras

En Ajaccio hay varias playas en plena ciudad, así que de regreso se puede pasar a Saint-François para darse un chapuzón o simplemente dar un paseo en la arena sintiendo la brisa del mar. Después hay que caminar por la calle Cardinal Fesch, una vía peatonal con negocios de todo tipo en donde hay que aprovechar para hacer compras, comer y beber.

Más tarde regresamos hacia la plaza Foch para tomar el tour en el Petit Train d’Ajaccio (250 pesos mexicanos), un trenecito turístico que, en un par de horas, recorre puntos como la plaza Austerlitz, donde está la Gruta de Napoleón –una cueva donde se dice que Napoleón jugaba durante su niñez– y una gran estatua de bronce dedicada a Bonaparte en la parte alta de una pirámide. El recorrido se extiende por diferentes playas de arena fina y agua cristalina, como Santa Lina.

Las Islas Sanguinarias y ¡la charcutería!

El recorrido termina nuevamente en la plaza Foch, donde hay que caminar unos metros rumbo al muelle para abordar el barco que lleva al tour de las Islas Sanguinarias (entre 600 y 1,000 pesos mexicanos), un archipiélago conformado por cinco islas que se encuentran apenas a 7 kilómetros de ahí. Su nombre de debe a un efecto que se genera al atardecer, cuando la puesta del sol las ilumina con un color rojizo que parece “ensangrentarlas”. Aunque el nombre es terrorífico, el espectáculo natural es impresionante. Cuando termina, el barco permanece en el mar porque es hora de que empiece la música y lo mejor: la cena.

Mientras se escucha música tradicional de Córcega, empiezan a servir copas de diferentes vinos locales y un plato con charcutería (embutidos) como el Prisuttu (jamón), coppa (lomo de cerdo), lonzu (una longaniza de carne magra) y figatelli (un embutido de carne e hígado); todos se preparan a partir de carne de jabalí o de cerdo que se alimentan en los extensos campos de la montaña corsa con castañas, bellotas y plantas, lo cual les da un sabor espectacular. También están presentes los quesos, que pueden ser de cabra o de oveja, y hay frescos o curados; el infaltable es el brocciu, que es el característico del país. A todo lo acompaña un poco de crujiente pan y, sobre todo, un gran ambiente de fiesta. De esto, nadie nos había hablado, por lo que fue nuestro primer gran descubrimiento.

El regreso al puerto es ya de noche, pero lo suficientemente temprano como para caminar por el centro histórico iluminado y con tiempo suficiente para tomar una cerveza o un café en algún lugar de la Place De Gaulle escuchando otro poco de música tradicional corsa, que es un especie de trova con el ritmo característico del mediterráneo.

Nuestro objetivo: Prorpriano

Pero el motivo inicial del viaje era ir a Propriano, al suroeste de Córcega, donde se encontraba la calle con el nombre de nuestro antepasado a quien mi hermana y yo llamamos “tío”, a pesar de que no nos queda claro cuál es el parentesco que tenemos con él. Así que al siguiente día muy temprano tomamos un autobús que durante unas tres horas recorrió estrechos caminos de montañas y paisajes boscosos.

Al llegar, caminamos unas cuadras rumbo al puerto, en donde se encuentra otro de los lugares que durante décadas vimos en una foto de mi padre: el Monumento a los Hijos de Propriano Muertos por la Patria, donde está grabado el nombre de “nuestro tío”. Tras tomarnos la respectiva selfie familiar, tomamos un café y un pan admirando el mar. Este pequeño pueblo de 3,000 habitantes no parece muy atractivo en las guías de viajes, pero el golfo en el que se encuentra tiene una belleza natural única. Además, es un lugar histórico, con sepulturas y otros vestigios de la época griega y romana en diversos puntos de su geografía.

Nosotros, con el tiempo limitado, caminamos calles arriba para llegar a la Iglesia de Nuestra Señora de la Misericordia, un templo sencillo del que destaca su gran campanario y un mirador. Justo a unos pasos de ahí se encuentra la calle Charles Tomasini y por fin pudimos repetir la foto que nos llevó mi padre a casa cuando éramos niños. Es una calle en la que no hay absolutamente nada de interés turístico, pero para nosotros fue el objetivo de viajar tan lejos, ¡y valió la pena!

De regreso, con una sensación de “deber cumplido”, caminamos a la calle principal, Napoleón III, para comer más charcutería, además de degustar un helado en la plaza de La fuente de Los Delfines mientras mirábamos a la gente pasar. Como ya se hacía tarde, regresamos rápido al camellón donde pasa el camión de regreso a Ajaccio, no sin antes hacer una parada en un mercado para comprar algunos productos locales, como vino y miel.

De regreso a Ajaccio, fuimos a cenar otro platillo legendario de Córcega: la pizza. Por la noche, las calles del centro de esta ciudad tienen un ambiento bohemio, así que entre los callejones se pueden encontrar lugares acogedores con comida espectacular. En serio, hay que probar la pizza corsa hecha en horno de leña y con una pasta e ingredientes que no se parecen a lo que solemos conocer. Es un platillo muy artesanal, preparado con productos frescos, y sí, delicioso.

Bastia, nuestra puerta de salida

Al otro día por la mañana caminamos a la estación del tren, una pequeña terminal en los límites del centro de Ajaccio, para dirigirnos hacia el noreste, a la ciudad de Bastia, donde terminaríamos nuestra visita a la isla.

Llegando a Bastia hay que tomar un taxi al centro de esta ciudad que nos sorprendió por su belleza. Se trata de la segunda más grande y poblada de Córcega, además de que es el principal puerto de la isla. Fundada por genoveses en el siglo XIV, sus callejones y plazas tienen un estilo más parecido a Italia que a Francia, lo cual puede verse en edificios como el Palacio de los Gobernadores o la Catedral de San Jean Baptiste.

Como el tiempo era poco, tomamos un tour que se lleva a cabo en un tren turístico y a pie, el cual parte en la Place Saint-Nicolas. En un par de horas se pueden conocer los barrios antiguos y el punto más alto de la costa, donde se encuentra la Ciudadela, para poder tomar las mejores panorámicas al atardecer y beber una copa en alguno de los bares y restaurantes del barrio. Para cenar, lo mejor es regresar a la Place Saint-Nicolas, donde hay varios restaurantes con terrazas desde donde puede admirarse la vida cotidiana de esta ciudad de ambiente portuario. Este lugar no estaba en ninguna de las fotos o los libros de la casa familiar, así que fue como un viaje extra para nosotros.

A la mañana siguiente, corrimos temprano a la terminal marítima para abordar el ferry que nos llevaría a Livorno, Italia, donde seguiríamos nuestro viaje. Mientras se alejaba el barco, pudimos constatar que Córcega es una especie de montaña en el mar y que resultó ser más bella y diversa de lo que decían los libros y souvenirs de la casa materna. No solo nos acercamos a nuestra historia familiar, sino que también descubrimos un lugar único en el mundo que vale la pena visitar, aunque no se tenga un motivo tan fuerte como el nuestro.

¿Cómo llegar?

Hay que volar desde París hasta Marsella y de ahí abordar un vuelo de Air Corsica rumbo al aeropuerto Napoleón Bonaparte, en Ajaccio, el cual se encuentra a menos de una hora de la ciudad y en donde hay que salir rápido para alcanzar taxi.

Los horarios del autobús de de Ajaccio a Propriano se pueden consultar en corsicabus.org y el pasaje cuesta el equivalente a unos 350 pesos mexicanos. Asimismo, los del tren de Ajaccio a Bastia están en cf-corse.corsica y el boleto cuesta poco más de 200 pesos mexicanos. En ambos casos, hay que comprar el pasaje en la taquilla una hora antes de partir.

¿Dónde dormir?

Córcega no tiene grandes cadenas hoteleras, por lo que las mejores opciones para vivir al 100% la experiencia corsa durante un viaje corto son los hostales y pequeños hoteles en el centro de las ciudades.

– En Ajaccio, el Hotel Fesch: Se encuentra a 5 minutos de la terminal marítima y a un par de cuadras de plaza principal, además de que está en el corazón comercial de la ciudad. La noche cuesta poco entre 1,500 y 2,000 pesos mexicanos.

– En Bastia, el Hotel Napoléon: Es un acogedor lugar de solamente 13 habitaciones que se encuentra en el primer piso de un edificio ubicado a un par de cuadras del puerto y la Place St-Nicolas.

¿Dónde comer?

La gastronomía corsa es una combinación de montaña y mar en la que lo infaltable es la charcutería, los vinos y la cerveza.

– En Ajaccio

El mercado de la plaza Foch abre desde antes de las 8:00 hasta pasado el mediodía, por lo que es ideal para desayunar, almorzar o comprar comida para comer durante el día. No es económico, pero sí fresco y variado.

En la Cardinal Fesch se encuentra un pequeño restaurante llamado Le 58, donde se puede comer un sándwich o una ensalada en una mesa localizada en esta vía peatonal.

Las calles y callejones del centro, así como el puerto, tienen mucha vida por las noches, por lo que para cenar se puede elegir algún restaurante de esta zona. La recomendación es probar otro manjar de la gastronomía corsa: la pizza. En la Rue des Anciens Fossés, se encuentra Pizza Diva, donde el servicio se toma su tiempo, pero el resultado es espectacular. Hay que probar el vino y la cerveza.

– En Propriano

La calle principal, Avenue Napoleón III, tiene apenas unas cuadras pero hay una variada oferta gastronómica. Para tomar un café y un refrigerio, está la crepería Sole e Mare; y para comer charcutería hay un lugar llamado La Marine, el cual tiene una bella vista del puerto y es homónimo de una heladería que está cruzando la calle y que hay que visitar.   

– En Bastia

En la Place St-Nicolas hay varias terrazas para comer, como L’Essentiel. En todos el servicio es similar, a ritmo europeo, así que hay que llegar relajados.

En la zona de la Ciudadela, en la parte alta de la costa, hay un pequeño bar llamado Le Perchoir, donde se puede tomar una copa mientras se aprecia la mejor vista del puerto al atardecer. El servicio es lento y los precios altos, pero la vista lo vale.

Los tours

Oficina de Turismo de Ajaccio: 3 Boulevard du Roi Jérôme, ajaccio-tourisme.com

Oficina de turismo intercomunal de Bastia: Place St-Nicolas, bastia-tourisme.com

Para planear el viaje

islacorcega.es

mx.ambafrance.org

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