Mis películas porno

...emmanuelle era sylvia kristel... ahora es un clásico del cine...
Cuando cumplí 18, automáticamente había dejado de ser “ilegal” ver películas pornográficas.

…en la prepa, la onda “porno” se tornó más artística para mí,
y fue cuando vi grandes películas como “Calígula”, “Emmanuelle”
(con la famosísima Sylvia Kristel), “El Gato Fritz” y “9 1/2 Semanas”…

UN brote de sífilis tiene detenida la industria del cine pornográfico en Los Ángeles, pero el consumo de este “arte” seguramente continúa por todo el mundo porque, ¿quién no ha visto una película porno?

Antes de que se den golpes de pecho (aunque sé que muchos están diciendo “sí, a huevo”), hay que admitir que este cine, en todas sus categorías, está por todas partes y hoy es mucho más accesible de lo que era para los que tenemos más de 30 años.

Gracias a que en los 80 el cine porno era prácticamente inaccesible para un menor de edad, mi iniciación en ese género fue diferente y hasta afortunada.

Mi primera película porno consistió en 10 minutos de un videocaset beta que puse a escondidas cuando tenía 11 años y lo que vi fue tan fuerte que no lo entendí (sí, hoy ya sé qué estaban haciendo) porque, además, estaban hablando (o pujando) en italiano.

A esa experiencia siguieron otras memorables, como cuando veía con mis amigos de la secundaria filmes tan “pornos” como “El Graduado” o “Un Hombre y una Mujer”, que para nosotros alcanzaban esa calificación porque nos habían prohibido verlas en el cine y salían mujeres desnudas o semidesnudas, o de perdida en “referencias sexuales” (así decía una de las advertencias que venía impresa en una de las cajas de esas películas piratas).

En la prepa, la onda “porno” se tornó más artística para mí, y fue cuando vi grandes películas como “Calígula”, “Emmanuelle” (con la famosísima Sylvia Kristel), “El Gato Fritz” y “9 1/2 Semanas” en el auditorio del CCH Naucalpan (también eran copias piratas que alguien conseguía en el bazar del Chopo y cobraba por verlas proyectadas sobre una pared blanca).

Mi experiencia en ese género, pensaba yo, hasta entonces había sido incompleta, por lo que a los 17 decidí ir con unos amigos a un “verdadero” cine porno: el Palacio Chino.

Concluimos que era un verdadero cine porno porque afuera exhibían los carteles de las películas con una atractiva censura  que consistía en ponerle unas calcomanías en forma de estrella justo sobre la parte donde estaban los pezones de las “actrices”.

No recuerdo mucho de esa película porque las escenas porno estaban entrelazadas con algunas largas charlas en un idioma extraño que hicieron que el aburrimiento fuera más pesado que el morbo, es más, ni siquiera acabamos de verla y nos pasamos a ver otra película a la sala de junto aprovechando la distracción del que recogía los boletos (era tan distraído que antes ya nos había dejado pasar a ver la película para mayores de edad).

Cuando cumplí 18, automáticamente había dejado de ser “ilegal” ver películas pornográficas, por lo que, sinceramente, le perdí interés, hasta que un día llegó a mis manos una película con un título incomprensible pero memorable: “A Causa de Gatas”.

Vi los 90 minutos y, al descubrir que ese era el verdadero cine porno, supe que ya no vería más películas de ese tipo en mi vida… lo cual, claro, no sucedió, porque ¿quién se va a perder la experiencia de ver una película porno?

Así que si ustedes no han visto cine porno (ajá), no se pierden de mucho; a mí no me gustó, pero ahora creo que valió la pena que el morbo adolescente me moviera a ver muchas de las grandes películas que he visto.

@carlostomasini

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